Algo aprendí de la tristeza, y es que cuanto más se apodera de ti, más te conmueve. Y lo hace porque es, al igual que la luna, fuente de inspiración para el que intenta, con palabras, describir ese sentimiento que no siempre se puede definir, pero sea como sea tiene que salir para que, con un poco de suerte, no vuelva a convertirse en tu dueño.

La segunda estación es la calma. Cuando decides dejar de luchar contra ella, y tomar conciencia de tu situación. La mente es tan poderosa que puede convertir esa tristeza en felicidad cuando por fin decides tomar el control de ti mismo, y de tus pensamientos.

He decidido que ya es hora de abandonar una para poder así darle paso a la otra. Y me he quedado con la calma, que lo único que me aporta es tranquilidad. Que pone la aguja de la balanza en el centro, donde no existe la acción, pero tampoco el desasosiego. Y tal vez, cuando no necesite de esa quietud, dejaré que comience de nuevo el balanceo porque en realidad, es ese movimiento el que nos hace sentir vivos.